Los 150 salmos con las melodías de Ginebra
Los 150 salmos con las melodías de Ginebra
Salterio de Ginebra: los 150 Salmos métricos para el canto congregacional en el culto reformado y presbiteriano
Presentación de westminster1647.com: no forma parte de los documentos de la Asamblea de Westminster.
Un salterio puede parecer ajeno a un sitio dedicado a una confesión de fe y sus catecismos, pero para la Reforma, y en particular para la Asamblea de Westminster, el canto de los salmos era inseparable de la reforma de la Iglesia. La Confesión cuenta entre las partes ordinarias del culto «el canto de los salmos con gracia en el corazón» (CFW 21.5), y el Directorio para la Adoración Pública dedica un capítulo a este deber: «Es deber de los cristianos alabar a Dios públicamente, cantando salmos juntos en la congregación, y también en privado en la familia». La Asamblea no se limitó a mandarlo: a petición del Parlamento revisó una versión métrica de los salmos en inglés, la de Francis Rous, que la Iglesia de Escocia corrigió y adoptó en 1650. Ese salterio escocés se cantó durante siglos junto a la Confesión y los Catecismos.
Durante generaciones, las iglesias que recibieron estos documentos cantaron en el culto solo los salmos, y no por costumbre, sino por convicción. Es la consecuencia del mismo principio que regula todo el culto: Dios debe ser adorado solo como Él lo ha mandado, y no según las invenciones de los hombres. En el culto no cantamos para expresar lo que nosotros queremos decirle a Dios, sino para alabarle con las palabras que Él mismo nos ha dado. Y Dios nos ha dado un libro entero de alabanzas, inspirado por su Espíritu y destinado a ser cantado por su pueblo. Cuando Ezequías restauró el culto del templo, mandó que alabasen a Jehová «con las palabras de David y de Asaf» (2 Cr 29:30), y el mismo Señor Jesús, la noche en que fue entregado, cantó con sus discípulos el himno de la Pascua, que consistía en los salmos (Mt 26:30).
Cuando el apóstol manda cantar «con salmos, con himnos y cánticos espirituales» (Ef 5:19; Col 3:16), no abre la puerta a composiciones humanas. Esos tres nombres son los que la Biblia griega que usaban los apóstoles da a los propios salmos en sus títulos, y el calificativo «espirituales» los señala como obra del Espíritu. Ningún himno humano, por bello y ortodoxo que sea, puede reclamar para sí lo que solo los salmos tienen: ser Palabra de Dios.
Cantar los salmos no empobrece la alabanza de la Iglesia, sino que la ensancha. En ellos está toda la experiencia del creyente, desde la desesperación hasta el júbilo, y en ellos está Cristo: su sufrimiento, su resurrección y su reino, anunciados siglos antes de su venida. Quien canta los salmos aprende a orar con las palabras de Cristo y a ver la historia entera a la luz de su reino.
Este salterio recoge esa herencia. Sus melodías son las del Salterio de Ginebra, que Calvino impulsó y que se completó en 1562 con los textos de Clément Marot y Teodoro de Beza: el primer gran salterio de la Reforma, del que bebieron todas las iglesias reformadas, también las de Escocia e Inglaterra. Sus letras son las versiones métricas en español de Jorge Ruiz Ortiz, de su libro Los salmos en rima española, publicadas aquí con su permiso. Cada salmo puede leerse, escucharse y cantarse, junto al texto del salmo en la Biblia. Que sirvan para que vuelvan a oírse en nuestras iglesias y en nuestros hogares, como en los días de la Reforma, las alabanzas que Dios mismo puso en boca de su pueblo.