El Segundo Gran Despertar
El Segundo Gran Despertar
El Segundo Gran Despertar | Revisiones de la CFW - Estándares de Westminster
Qué fue. Entre 1788 y 1903 no hay en esta sección ningún cambio de fondo en el texto de la Confesión. No porque no pasara nada, sino porque lo que pasó no se hizo en los sínodos.
Los historiadores llaman Segundo Gran Despertar a la serie de avivamientos que recorrió los Estados Unidos entre 1790 y 1840, aproximadamente.
Empezó en la frontera, en Kentucky y Tennessee, entre presbiterianos, metodistas y bautistas. Su forma característica, la reunión campestre de varios días,
venía de las temporadas de comunión de los presbiterianos escoceses; la más célebre, la de Cane Ridge, en agosto de 1801, la convocó un ministro presbiteriano.
En los años veinte y treinta pasó al oeste del estado de Nueva York y a las ciudades del este, de la mano de Charles Finney.
Cuando terminó, el mapa religioso del país era otro. Las iglesias que dominaban en la época colonial, la anglicana, la congregacional y la presbiteriana, habían quedado muy atrás de las metodistas y las bautistas,
y habían nacido movimientos enteramente nuevos: los restauracionistas, los adventistas, los mormones.
Qué hizo con los presbiterianos. Tres episodios, los tres documentados.
1803-1804. Cinco ministros del sínodo de Kentucky, entre ellos el que había convocado Cane Ridge, se separan y forman su propio presbiterio. Un año después lo disuelven con un escrito
que rechaza el uso «divisivo» de la Confesión de Westminster, defiende que cada congregación se gobierne a sí misma y no quiere otro nombre que el de «cristianos».
De ahí sale el restauracionismo, cuyo lema acabaría siendo: ningún credo sino Cristo, ningún libro sino la Biblia.
1805-1810. En el mismo sínodo, el presbiterio de Cumberland, falto de ministros para atender el avivamiento, empieza a ordenar a hombres sin la formación exigida,
y les permite suscribir la Confesión solo «en cuanto la juzgasen conforme a la Palabra de Dios». El sínodo los suspende y disuelve el presbiterio.
En 1810 los expulsados fundan una iglesia propia, la Presbiteriana de Cumberland, que cuatro años después revisa la Confesión para quitarle la predestinación.
1801-1837. Por el Plan de Unión de 1801, presbiterianos y congregacionalistas de Nueva Inglaterra fundan iglesias en común en los territorios nuevos.
Por esa puerta entran en la iglesia presbiteriana congregaciones sin gobierno presbiteriano y la teología de New Haven, que reinterpretaba la regeneración de un modo que convenía a los avivamientos.
De ese medio sale Finney, ministro presbiteriano que no había pasado por colegio ni seminario y que tenía, según su propio relato, muchos reparos a las doctrinas fundamentales de su iglesia.
En 1837, la mayoría de la Asamblea General, la llamada Vieja Escuela, anula el Plan de Unión y excluye a los cuatro sínodos formados bajo él:
veintiocho presbiterios, quinientos nueve ministros y sesenta mil miembros, la quinta parte de la iglesia. Los excluidos forman la Nueva Escuela.
Qué cambió. No un artículo de la Confesión, sino la manera de entender tres cosas que la Confesión da por supuestas.
La conversión. Finney lo escribió en 1835 con toda claridad: un avivamiento «no es un milagro, ni depende de un milagro en ningún sentido.
Es un resultado puramente filosófico del uso correcto de los medios establecidos». Si es así, convertirse es algo que el hombre puede hacer cuando se le mueve del modo adecuado,
y la tarea del predicador es encontrar las medidas que lo consigan. Las «nuevas medidas» de Finney, como el banco de los ansiosos, salen de ahí;
y de ahí sale también su teología, que negaba la depravación total.
El ministerio. La frontera pedía predicadores, y los metodistas y bautistas los enviaban sin estudios. La respuesta del presbiterio de Cumberland fue hacer lo mismo.
La Forma de Gobierno de Westminster pide que el ministro sea examinado en las lenguas originales y en teología antes de ser ordenado.
La suscripción. La fórmula de Cumberland, suscribir la Confesión «en cuanto» sea conforme a la Palabra, parece inocente: nadie querría suscribirla de otro modo.
Pero deja a cada ministro como juez de cuánto suscribe. Es, con setenta años de adelanto, la misma cláusula de las actas declaratorias escocesas, de las que trata otro artículo de esta sección.
La resistencia. Hay que decir que el presbiterianismo americano resistió, y durante mucho tiempo.
El sínodo de Kentucky prefirió perder un presbiterio antes que ordenar sin examen ni suscripción. Hombres como Asahel Nettleton, que era él mismo un predicador de avivamientos,
escribieron contra las nuevas medidas en 1828. Charles Hodge las llamó en 1833 «innovaciones peligrosas». Y la Asamblea de 1837 se desprendió de la quinta parte de la iglesia para conservar su doctrina y su gobierno.
De aquel cisma dijo un historiador que lo sorprendente no es que ocurriera, sino que la iglesia se hubiera mantenido unida tanto tiempo.
Hay que decir también que en aquellos años hubo conversiones verdaderas, y un impulso misionero del que salieron, desde 1810, las primeras misiones americanas al extranjero.
Lo que aquí se critica no es que se predicara a multitudes, sino lo que se hizo con la doctrina, con el ministerio y con la iglesia para poder hacerlo.
Cómo terminó. Terminó en la iglesia que hizo las revisiones.
En 1869 la Vieja y la Nueva Escuela del norte se reunieron. Hodge se opuso, advirtiendo de que en la Nueva Escuela seguía habiendo quien sostenía la teología de New Haven y de que su modo de suscribir la Confesión era laxo; perdió.
De la iglesia reunida salió, veinte años después, el movimiento para revisar la Confesión; de ese movimiento, la revisión de 1903; y tres años más tarde, en 1906,
esa iglesia recibió a la mayor parte de los presbiterianos de Cumberland.
El círculo se cierra de un modo casi exacto. En 1806 el sínodo de Kentucky había disuelto un presbiterio porque no aceptaba la doctrina de la Confesión sobre el decreto de Dios.
En 1903 la Confesión se acompañó de una Declaración que dejaba esa doctrina en términos que aquellos hombres podían firmar. Un siglo después, quien había cedido era la Confesión.
Lo que vino después. Lo que triunfó entonces no se quedó en los presbiterianos, ni en América, ni en aquel siglo.
El método se hizo norma. El llamamiento a pasar al frente, que empieza en los años treinta con el banco de los ansiosos, es el mismo que usarán Moody, Billy Sunday y Billy Graham.
Con él viaja todo lo demás: la conversión entendida como una decisión que se toma en un momento señalado, el evangelista itinerante que no responde ante ninguna iglesia,
la congregación sin confesión y el número como prueba.
Ese es hoy el aspecto de buena parte del mundo evangélico. En parte, porque fue el protestantismo que llevaron muchas misiones norteamericanas.
Pero un historiador como Mark Noll ha sostenido que la semejanza se debe menos a la influencia directa que a la repetición de las mismas condiciones:
donde no hay iglesia establecida y todo depende de la adhesión voluntaria, el cristianismo toma la forma que tomó en América.
Si es así, la observación confirma lo dicho arriba: no se exportó tanto un método como el principio que lo hace necesario.
A nuestro juicio, para muchos evangélicos esto no es ya una forma del protestantismo: es el protestantismo.
Y de aquellos años sale, por dos caminos, uno de los movimientos más numerosos del cristianismo actual.
El primero es el de la santidad. Durante el avivamiento se reavivó entre los metodistas la doctrina de una segunda experiencia posterior a la conversión, la santificación entera;
y en Oberlin, el colegio de Finney, se empezó a hablar en 1836 de un «bautismo con el Espíritu Santo» que libraría al creyente de la inclinación al pecado.
De ese movimiento de santidad salieron, hacia 1900, los hombres que enseñaron que la señal de ese bautismo es hablar en lenguas, y de la calle Azusa de Los Ángeles, en 1906, el pentecostalismo.
El segundo camino es el del restauracionismo, y es el que mejor lo explica. No se trata de las iglesias que fundaron Stone y Campbell, sino de su principio:
que entre los apóstoles y nosotros no hay nada que conservar, y que la iglesia debe restaurarse tal como aparece en los Hechos, por encima de dieciocho siglos de historia y de todas las confesiones.
Los primeros restauracionistas aplicaron ese principio al nombre y al gobierno de la iglesia. El pentecostalismo lo lleva hasta el final:
si hay que restaurar la iglesia de los Hechos, hay que restaurar también sus lenguas, sus profecías y sus milagros. Por eso los primeros pentecostales llamaron a lo suyo «fe apostólica».
Sus propios historiadores lo dicen así: el pentecostalismo primitivo se entiende ante todo como expresión de un anhelo restauracionista,
nacido en el mismo medio que los Discípulos de Cristo, los adventistas y los mormones.
Aquí el choque con la Confesión ya no es de matiz. Su primer capítulo dice que «han cesado ya aquellos modos anteriores por los cuales Dios reveló su voluntad a su pueblo»,
y que a la Escritura «nada debe añadirse en ningún tiempo ya sea por nuevas revelaciones del Espíritu o por tradiciones humanas».
Pentecostales y carismáticos, contando a estos últimos en todas las iglesias, son hoy, según las estimaciones corrientes, más de seiscientos millones.
Qué muestra. Que la desviación de una gran parte del presbiterianismo americano no empezó en una asamblea ni en un seminario, sino en un avivamiento, y que coincide con su triunfo.
El Segundo Gran Despertar fue para el protestantismo americano una segunda reforma, pero en el mal sentido de la palabra: lo cambió casi todo, y lo hizo sin Escritura nueva, sin concilio y sin confesión,
por la sola fuerza del resultado. Lo que llenaba los bancos era verdadero; lo que los dejaba vacíos, sospechoso.
Nada de esto se entiende sin lo que se vio en el artículo sobre el magistrado civil. En 1788 los presbiterianos habían confesado una iglesia de «miembros voluntarios» entre «denominaciones» iguales.
En un país así, cada iglesia tiene que ganarse a sus miembros, y la que más gana parece la que más razón tiene. El avivamiento es la forma religiosa que corresponde a ese principio,
y sus frutos son los que cabía esperar: una conversión que depende del método, un ministro que depende de su éxito, una confesión que se suscribe en lo que a cada uno le parece,
y, donde ni siquiera hay sínodo que lo frene, una iglesia nueva por cada desacuerdo.
El presbiterianismo resistió mientras estuvo dispuesto a pagar el precio: un presbiterio en 1806, cuatro sínodos en 1837. Cedió cuando prefirió la unión: en 1869 y en 1906.
Las revisiones de 1903 no son la causa de esa historia; son su acta.
Y el resto del mundo evangélico, que no tuvo sínodos con que resistir ni confesión que revisar, heredó el resultado sin haber conocido la disputa.
Fuentes. Charles G. Finney, Lectures on Revivals of Religion (1835), para la cita. Para el presbiterio de Springfield, el de Cumberland, el Plan de Unión y el cisma de 1837, las historias de la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos de América; las cifras de 1837 son las que recogen esas historias. El juicio sobre el cisma es de Nathan O. Hatch. Para el movimiento de santidad y los orígenes del pentecostalismo, Edith Blumhofer y Grant Wacker; para la semejanza entre el evangelicalismo mundial y el americano, Mark A. Noll, The New Shape of World Christianity (2009). La cifra final es una estimación de uso común. Las valoraciones son nuestras.