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La iglesia

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La iglesia | Saboya y Londres frente a Westminster - Estándares de Westminster

Westminster, capítulo XXV:
II. La iglesia visible, que bajo el evangelio también es católica o universal (no está confinada a un país, como lo estaba bajo la ley), consiste de todos aquellos, en todo el mundo, que profesan la verdadera religión, juntamente con sus hijos; y es el reino del Señor Jesucristo, la casa y familia de Dios, fuera de la cual no hay posibilidad ordinaria de salvación.
III. A esta iglesia universal visible, Cristo le ha dado el ministerio, los oráculos y las ordenanzas de Dios, para la reunión y perfección de los santos en esta vida y hasta el fin del mundo […].

Saboya, capítulo XXVI:
II. Todo el cuerpo de los hombres que en todo el mundo profesan la fe del evangelio y la obediencia a Dios por Cristo conforme a ella, sin destruir su propia profesión con errores que trastornen el fundamento ni con una conducta impía, son y pueden llamarse la iglesia católica visible de Cristo; aunque, como tal, no se le ha confiado la administración de ordenanza alguna, ni tiene oficiales que rijan o gobiernen en todo el cuerpo o sobre él.

Londres, capítulo XXVI:
II. Todas las personas que en todo el mundo profesan la fe del evangelio y la obediencia a Dios por Cristo conforme a ella, sin destruir su propia profesión con errores que trastornen el fundamento ni con una conducta impía, son y pueden llamarse santos visibles; y de tales deben constituirse todas las congregaciones particulares.

Qué cambia. Dos palabras desaparecen ya en Saboya: «sus hijos». La iglesia visible la forman los que profesan, sin más. Y con ellas desaparece el párrafo III entero: la iglesia universal visible sigue existiendo, pero vacía. Cristo no le ha confiado ni ministerio, ni ordenanzas, ni gobierno; todo eso lo ha dado a cada iglesia particular. Londres da el último paso y ya no habla de iglesia católica visible, sino de «santos visibles» con los que se forman congregaciones.
Lo demás es añadido. Saboya publicó, junto a su confesión, una plataforma de treinta artículos sobre «la institución de las iglesias y el orden establecido en ellas por Jesucristo». Londres la abrevia y la mete dentro del capítulo, que pasa de seis párrafos a quince. Lo que ambas enseñan es esto: cada iglesia particular, reunida por el consentimiento de sus miembros, ha recibido de Cristo «todo el poder y la autoridad» necesarios para su culto y su disciplina; elige a sus oficiales «por el sufragio común de la propia iglesia»; y no hay por encima de ella tribunal alguno. Los oficios se reducen: Saboya nombra pastores, maestros, ancianos y diáconos; Londres, «obispos o ancianos, y diáconos».

Lo que se conserva. No es poco. Las dos mantienen la iglesia universal invisible, formada por todos los elegidos. Las dos mantienen que Cristo es la única cabeza de la iglesia y que el Papa de Roma es «aquel anticristo, aquel hombre de pecado e hijo de perdición», y añaden que el Señor lo destruirá «con el resplandor de su venida». Saboya añade además un párrafo propio, que Londres no recoge, sobre la esperanza de que en los últimos días, destruido el anticristo y llamados los judíos, las iglesias de Cristo gocen en este mundo de una condición más pacífica y gloriosa.

Por qué. Para eso se reunieron en Saboya: los independientes aceptaban la doctrina de Westminster y rechazaban su gobierno, y lo habían dicho ya dentro de la propia Asamblea, donde Thomas Goodwin fue uno de los «hermanos disidentes». En Londres se suma lo que el capítulo del pacto había preparado: si la iglesia se compone solo de profesantes, los hijos de los creyentes no son miembros de ella.

Qué muestra. Que la diferencia entre presbiterianos, independientes y bautistas no empieza en el bautismo, sino aquí, y que es una diferencia de grado. Westminster confiesa una iglesia visible que es un cuerpo, que incluye a los hijos y a la que Cristo ha dado ministerio y gobierno. Saboya quita los hijos del párrafo y el gobierno del cuerpo, pero sigue bautizando a los niños. Londres saca la consecuencia que Saboya no sacó. Lo que se pierde por el camino es lo que la Asamblea leía en 1 Corintios 12:28 y en Efesios 4:11-13: que los dones y el gobierno fueron dados a la iglesia entera, y no solo a cada congregación por separado. De ese principio, y de adónde llevó, trata el último artículo de esta sección.